Su casco urbano, simula los viejos diseños arquitectónicos españoles, con extensos solares, fachadas de mucho porte y elegancia, balcones admirables, pero lamentablemente abandonados por sus propietarios y quizá una visión política vecinal para preservarlos y convertirlos en patrimonio local. En las mañanas, el sol quema hasta tus entrañas, en las noches la luna acompaña y hace tu sombra. Es pequeña, huele a selva dulce. Sus calles son estrechas pintadas de mil colores y mantienen muchas de ellas sus tejas de arcilla.
Ahora, existen dos vías para llegar a Jumbilla. La que viene de vilcaniza, pasa por Beirut, Corosha y la que penetra de Molinopampa, Cashac, Goncha. Ambas son permitidas para todo viajero que gusta de la aventura, del color y la pincelada natural de su entorno marcada por la policromía. En esa variedad de paisajes, destacan sus cataratas que se asemejan a “velos de novia”.
En Jumbilla, todo es silencio cuando no hay fiestas. Es paz, es sosiego. Es también dulzura para tus oídos al escuchar las melodías de la naturaleza. Es reencontrarse con el pasado. Es imaginarse como los españoles y sacerdotes pasaron por esta misma ruta a la conquista de otras razas; es decir, nuestra raza. Es imaginarse el camino sin retorno de mucha gente que a pata, viajó a Iquitos. Es imaginarse como sus hijos, devoran al tiempo y ganan misericordias al orar a su Patrón “El Señor de las Montañas”. (Municipalidad de Bongará).





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